BAD BUNNY SE REAFIRMA EN CHILE COMO EL AZOTE DE LA ULTRADERECHA
'No habrá paz para los malvados'. Bad Bunny transformó su primer concierto en Chile en un acto de memoria resonante. En el Estadio Nacional de Santiago —un símbolo brutal de la represión pinochetista, donde miles de chilenos inocentes fueron encarcelados y masacrados tras el golpe de estado de 1973—, un músico de su banda rasgó los acordes iniciales de 'El derecho de vivir en paz' de Víctor Jara. El gesto, breve pero eléctrico, detonó una ovación inmediata: el público coreó al unísono la melodía emblemática del cantautor asesinado impunemente por la dictadura simplemente por su talento y su compromiso con los más desfavorecidos.
Este homenaje, insertado en la apertura de su gira de su aclamadísimo último álbum 'Debí Tirar Más Fotos', trascendió lo musical para cargarse de historia y presente. Ocurrió en un Chile polarizado, semanas después de que José Antonio Kast (siniestra figura aria que nunca ha renegado de Pinochet y que es hijo de un alto cargo nazi huido del III Reich alemán) ganara las elecciones presidenciales. En ese escenario, los compases de Jara, himno de resistencia y denuncia, sonaron como un eco potente contra el olvido, conectando el sacrificio del artista con la voz masiva de un estadio. Bad Bunny no solo celebró su música; activó, en un lugar marcado por el horror, un grito colectivo por la paz y la justicia que sigue urgiendo. El artista puertorriqueño sigue así su estela de leyenda, con el compromiso político de estar convirtiéndose en todo un símbolo de la cultura latina, haciéndonos bailar pero también pensar en la lucha sin tregua contra la expansión de los nuevos fascismos (que son los de siempre) en el siglo XXI.